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República de Croacia 2005

28 de junio, Dubrovnik4 de julio, Zadar, Korenica
29 de junio, Dubrovnik 5 de julio, Plitvice, Porec
30 de junio, Dubrovnik, Cavtat 6 de julio, Porec, Rovinj, Monsena, Pula
1 de julio, Ston, Korcula 7 de julio, Pula, Beram, Zagreb
2 de julio, Korcula, Strogonoff, Split 8 de julio, Zagreb
3 de julio, Split, Trogir, Zadar 9 de julio, Zagreb

30 de junio, jueves

    Para las diez ya estamos de nuevo dentro de la fortaleza de la ciudad vieja. Recorremos los dos kilómetros de perímetro fortificado. El casco histórico de Dubrovnik sufrió un intenso bombardeo en 1991 por parte de los serbios y montenegrinos y desde lo alto de la muralla se puede ver que casi todos los tejados de las casas han sido reconstruidos, se distinguen fácilmente de los antiguos en el color más anaranjado y limpio. El setenta por ciento de los edificios sufrió daños. Muchas paredes todavia muestran el picoteado de los disparos, una constante en toda Croacia.
    Pasamos por la plaza de las hierbas, donde venden ciruelas de cojón de fraile, higos —muy abundantes en Croacia—, y toda clase de hortalizas.
    Visitamos también la Gran Fuente de onofrio, de agua fresquísima, el claustro y el museo del convento franciscano, la farmacia, etc.
    Después de comer un sencillo pero sabroso tagliatini con gambas en Dundo Maroje, nos trasladamos hasta la pequeña localidad de Cavtat que ocupa una península llena de pinos, palmeras y cipreses, antigua Epidaurum. Sesteamos en una playa de guijarros hasta que el sol se oculta en el horizonte.

Cavtat

    Después de cenar un estupendo jamón de Dalmacia y calamares a la parrilla en la terraza del konoba (taberna) Kolona, nos damos una vuelta por el paseo marítimo. Algunos yates anclados en el puerto bien pueden rivalizar en lujo con los de Montecarlo. El yate Imán, matrícula de Luxemburgo, es impresionante. ¿En qué hay que trabajar para tener semejante joya flotante? ¿Armamento, petróleo, drogas? Esperamos tranquilamente sentados enfrente de semejante palacio la llegada de sus propietarios. Efectivamente, a los pocos minutos aparecen sus inquilinos. Son cuatro parejas bien entradas en años. Me distraigo adivinando quién es el propietario y quién viaja de gorra. Los hombres no resaltan por su clase precisamente, algunos, encorvados y visiblemente zurrados por la edad. Las mujeres, más parlanchinas y mejor conservadas que ellos, se agarran del brazo y su exultante alegría indica que circulan buenos caldos por sus venas. Una de las mujeres da un traspié y se ríen sonoramente. La más joven, extremadamente delgada y de piel quemada por el sol, se da aires de diva. Al poco de entrar al barco, sale a fumar un cigarrillo e intercambia unas palabras con la tripulación.
    Abandonamos la entretenida escena y nos retiramos a nuestro modesto alojamiento, convencidos de que la felicidad no es proporcional a la cantidad de ceros de la cuenta corriente, más bien consiste en saber que nos sobra de todo.

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