Los viajes de Mariano

República de Croacia 2005

28 de junio, Dubrovnik4 de julio, Zadar, Korenica
29 de junio, Dubrovnik 5 de julio, Plitvice, Porec
30 de junio, Dubrovnik, Cavtat 6 de julio, Porec, Rovinj, Monsena, Pula
1 de julio, Ston, Korcula 7 de julio, Pula, Beram, Zagreb
2 de julio, Korcula, Strogonoff, Split 8 de julio, Zagreb
3 de julio, Split, Trogir, Zadar 9 de julio, Zagreb

3 de julio, domingo

    La noche ha sido muy ventosa, el bura hace sentir su fuerza contra las contraventanas de los apartamentos turísticos Hvar. Nos levantamos pronto y desayunamos en el paseo marítimo de Split. El paseo es muy agradable, no hay coches y el azul del mar no podía ser más espectacular.
Palacio de Diocleciano en Split
    Sin duda, el principal interés turístico de Split es el palacio de Diocleciano. Este hijo de esclavos llegó a ser emperador de Roma a finales del siglo III. A los sesenta y un años renunció al poder por enfermedad —después de veintiún años de gobierno despótico— y se retiró a su tierra natal donde pasó feliz sus últimos años cuidando su jardín. El palacio fue el origen de la ciudad de Spalato, que cambió su nombre a Split en 1919. La gente de los alrededores ha utilizado muchas veces el palacio como refugio fortificado frente a invasiones.
    Lo más interesante dentro del palacio es el antiguo mausoleo de Diocleciano reconvertido en catedral. Los restos de Diocleciano se retiraron seis siglos después para dejar sitio a san Duje. El cristianismo se estaba poniendo de moda.
    Después de probar los casi obligados helados, verdadera pasión de turistas y lugareños, salimos a las tres hacia Trogir, a veintiocho kilómetros de Split. Aparcamos el coche fuera de la isleta y cruzamos la muralla por la puerta de Tierrafirme. La isleta es pequeña y en un par de horas la hemos pateado. La visita a esta ciudad medieval, patrimonio de humanidad, es como mínimo interesante, muy recomendable.
    Ponemos rumbo a Zadar, a ciento treinta kilómetros de Trogir. Encontramos demasiada circulación por la carretera de la costa, así que en cuanto vemos la autopista en Sibenik, no lo dudamos. La autopista es de reciente inauguración, impecable y además, vamos solos. En un pispás, nos plantamos en Zadar.
    Llegamos casi de noche y no localizamos ninguna soba en el centro (sí las hay, aunque son escasas. Lo mejor es aparcar el coche y patear un poco). Decidimos salir del centro y dirigirnos a las afueras. Al torcer hacia una carretera principal, zona de Smiljevac, nos topamos justo en la curva con dos señoras que muestran en sus manos unos cartelitos con la palabra sobe. Sin dudarlo, paramos y la señora nos conduce a su casa, una estupenda casa unifamiliar donde pasaremos la noche.
    Cenamos en un restaurante de la zona vieja. Mi mujer pide un atún poco hecho, vuelta y vuelta, pero ¡qué va!, de nuevo se lo sacan duro como una piedra. Yo me tomo unos espaguetis con scampi, un valor más seguro. Desde mi experiencia, recomiendo los konoba o casa de comidas antes que los restoran o restaurantes. En los restaurantes, la carta puede llegar a tener un mínimo de sesenta platos diferentes —una vez conté noventa y nueve— y en los konoba apenas pasan de quince, con esto está todo dicho.

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