República de Costa Rica 2003

17 de abril, Heredia26 de abril, Arenal, La Fortuna
18 de abril, Cariari 27 de abril, Monteverde
19 de abril, Tortuguero 28 de abril, Monteverde
20 de abril, Tortuguero 29 de abril, Quepos
21 de abril, Puerto Viejo de Limón 30 de abril, Manuel Antonio
22 de abril, Cahuita, Puerto Viejo 1 de mayo, Pócima, San José
23 de abril, Cahuita 2 de mayo, San José
24 de abril, Limón, Braulio Carrillo, Alajuela 3 de mayo, San José
25 de abril, Póas, Grecia, Sarchí, Arenal

19 de abril, sábado

    A Tortuguero se llega a través del río, en lancha, así que dejamos el todo terreno parqueado dentro de los límites del hotel El Trópico —previo pacto de una pequeña tarifa— y subimos a la guagua de las ocho hacia la finca bananera Casas Verdes. El colectivo se detiene en cada pueblo o cruce de caminos mientras por los altavoces suenan a todo volumen Karina, el Mediterráneo de Serrat, Julio Iglesias, Nino Bravo, etc. Empieza a pegar el calor. El bus se va llenando. Los del pasillo van apretujados y se agarran bien porque la mayor parte de la carretera no está asfaltada y el traqueteo incomoda. Una chica que sostiene en brazos a una niña pequeña me mira y
Caimán de Tortuguero
se queja, con una sonrisa de ortodoncia perfecta, de que la vida es muy dura. Capto la indirecta y le cedo mi asiento. La guagua nos deja a la orilla del río, en pleno campo. Bajamos todos del bus y para alcanzar el río hay que atravesar un pequeño tramo dentro de la plantación Casas Verdes. A la altura de la barrera nos hacen pasar por unas alfombras impregnadas en lejía; se supone que debemos desinfectar los zapatos para eliminar todo germen que pueda afectar a los cultivos.
    Inmediatamente aparece una lancha larga y estrecha a motor. ¡Qué rapidez, esto sí que es llegar y besar el santo! Pues no, esta lancha es para uso exclusivo de unos veinte turistas que pernoctarán en los superhoteles de los alrededores de Tortuguero. En medio minuto aparece el bote público y en este sí, aquí montamos.
    El viaje a Tortuguero en barca dura una hora más o menos y es espectacular, divertidísimo. La anchura del río es de unos veinte metros y el lecho y las riberas son de barro, hay multitud de troncos de árboles y ramas sobre el río que la lancha sortea con continuos zigzags. El río discurre encajonado entre la frondosa vegetación de las orillas. A veces, la quilla golpea el fondo arenoso. El agua contiene mucho limo en suspensión, pero se ven bien los peces que boquean cerca de la riba. Dado lo salvaje de la zona, sospecho de la existencia de cocodrilos; efectivamente, el barquero lo confirma: hay caimanes, y muchos. ¿Peligrosos? Naaa, inofensivos totalmente, las hembras son aparentes, sí, pueden llegar a los dos metros, pero esté tranquilo, que solo comen peces y crustáceos. Vemos nidos de oropéndolas y algún mono a lo lejos. No sabemos dónde mirar, si a las orillas para descubrir caimanes o a los árboles para divisar más monos. La vegetación es impresionante, muy densa y para ver a los animales se necesita un ojo muy bien entrenado, como comprobaremos los próximos días.
    El pueblo de Tortuguero da la sensación de estar aislado de la civilización; se nota inmediatamente que aquí el ritmo de vida está ralentizado, no hay prisas. La música reggae suena en todo el pueblo. La mayor parte de la gente es descendiente de jamaicanos que llegaron a Costa Rica para la construcción del ferrocarril.
    Nos alojamos en las cabinas Miss Junie, una de las fundadoras del pueblo.
    La humedad es muy alta, sudamos por todos los poros del cuerpo.
    Nos acercamos hasta el restaurante La Casona para degustar un pargo rojo con zanahorias al ajillo y de postre, un sublime pastel de plátano. Añadimos también un plato de piña, que como las de Costa Rica no las hay en ninguna parte.
En Tortuguero
Andrés, el propietario de La Casona, un chaval blanco con pelo rasta hasta media espalda, hace de camarero y de cocinero. Nos comenta que ahora es difícil ver las tortugas, solo las baula están entrando, además, hay luna llena y solo desovan con total oscuridad. Es una lástima, nos hubiera gustado mucho ver salir del agua estos reptiles prehistóricos de casi dos metros de longitud. Cuando le comentamos que queremos visitar los canales del río para ver animales, nos recomienda a Chico, que es del pueblo y tiene mucha experiencia, además utiliza una pequeño bote a remos, mucho mejor para descubrir animales que las lanchas a motor, por el ruido, se entiende. Le llama con el celular y en pocos minutos se presenta Chico —que ya no cumple los sesenta— y acordamos el precio. Mañana, a las seis, nos viene a buscar.
    En el campo de fútbol aledaño juegan un partido las chicas y seguidamente los chavales. El reggae de Bob Marley y Peter Tosh suena potente por los altavoces.
    Este lugar tiene un atractivo innegable: no hay un solo coche, larga playa de arena por un lado, la desembocadura del río Tortuguero por el otro, unos cuantos caseríos distribuidos por aquí y por allá, una diminuta iglesia de colores vivos, dos tiendas de ultramarinos destartaladas y mucha música reggae por todas partes.
    Al pasear por la playa encontramos gran cantidad de nidos antiguos de tortugas y también restos de cáscaras de huevos y raspas de pescados. Nos topamos con Andrés, que está intentando pescar algo. Estudia derecho y suele volar hasta San José para examinarse. Asegura que en esta época del año los bancos de sardinas abundan y los tiburones y chicharros las acorralan cerca de la orilla y a veces las sardinas, desesperadas, saltan a la arena para volver inmediatamente al mar.
    Cenamos en Miss Junie. Aún no nos hemos acostumbrado a la lentitud del servicio, que a veces nos resulta exasperante, pero ya se sabe, aquí se vive a otro ritmo. ¿Además, qué prisa hay?

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