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República Popular China 2004

1 de abril, Pekín 8 de abril, Guilin, Hangzhou
2 de abril, Pekín9 de abril, Hangzhou, Suzhou
3 de abril, Pekín10 de abril, Suzhou, Shanghai
4 de abril, Pekín, Xian11 de abril, Shanghai
5 de abril, Xian12 de abril, Shanghai
6 de abril, Xian, Guilin13 de abril, Shanghai
7 de abril, GuilinHoteles del viaje

10 de abril, sábado

    A las ocho y cuarto nos recoge Paloma para iniciar las visitas de Suzhou. Comenzamos con el Jardín del Maestro de Redes. El nombre homenajea a un pescador que salvó la vida al señor de la casa.

Jardín del Maestro de Redes

    Los propietarios de estas casas señoriales buscaban una armonía con la naturaleza. Las rocas de las orillas y de los estanques son especiales y traídas de muy lejos, se tallaban y se sumergían en agua y se dejaban así unos diez años para lograr estas formas. El agua del estanque se renueva cada cuatro años para evitar que se corrompa.
    A la salida de la casa nos encontramos con unos obreros abriendo una zanja en la acera; hay un peón cada dos metros y todos tiran de pico, ni un solo taladro neumático.
    Damos un paseo en barca por los canales y pronto nos percatamos de que no merece la pena, esto no es Venecia; las cloacas vierten sobre los canales y el agua está todo lo sucia que cabe esperar.
   Luego visitamos un jardín más grande: el del Administrador Humilde. Otro eufemismo, ya que el propietario fue un ministro de justicia retirado que hizo una gran fortuna gracias a robar el dinero al pueblo, lo normal, vaya. Se dice que después de la gran política se retiró a su casa a ocuparse de la política simple: cuidar los árboles, el jardín, leer.
    El jardín es realmente grande y está muy concurrido, como siempre. Es sábado y mucha gente viene desde Shanghai a visitarlo, lo que se agradece, porque los propios chinos, para nosotros, son todo un espectáculo, sobre todo, los más pequeños, con esos cabezones y mejillas sonrosadas tan graciosas. Por todas partes se ven grupos de niños o de ancianos con sus gorras rojas o amarillas siguiendo las banderitas de colores de los guías.
    Los chinos son unos maestros de la decoración floral, en primavera usan las azaleas, en verano, las flores de loto, en otoño, las peonías. Las flores siempre están sobre macetas, no nacen del césped, así, pueden cambiar la decoración o combinar los colores con más facilidad.
    El jardín tienen una parte dedicada a los bonsáis, hay unos setecientos. Paloma nos corrige: "Cuidado, los bonsáis son también invento chino, no japonés". Algunas creaciones son auténticas obras de arte.
    A los japos les llaman demonios y a los occidentales nariz alta, no nariz grande, como se cree normalmente. Habrás observado que algunos chinos tienen verdaderos problemas para sujetar las gafas ya que apenas tienen caballete.
    Visitamos la pagoda Yunyansi o pagoda de la Colina del Tigre, como le llaman los lugareños. Se comenzó a construir en el año 959 y se terminó en dos años. Es una pagoda budista que está inclinada 3º 59' hacia el noreste por un asentamiento del terreno. Se la considera el símbolo del Suzhou antiguo.
    Visitamos el Centro de Investigación de Bordado de Seda. Tienen obras a la venta que alcanzan los 12000 €. Suzhou ha sido un centro textil muy importante, sin embargo, la introducción masiva de máquinas ha incrementado enormemente la tasa de paro en el sector.
   Para almorzar, nos trasladan a un comedero muy grande lleno de habitaciones privadas. Está atestado de grupos organizados y a nosotros nos pasan a una habitación cerrada. El lugar deja mucho que desear, las camareras parecen cansadas y todo tiene aspecto desaliñado y algo sucio.
   Entre los animales de los acuarios del restaurante distinguimos un cangrejo herradura (Limulus polyphemus), uno de los seres vivos más antiguos del planeta, anterior a los dinosaurios, tiene una antigüedad estimada de 450 millones de años y no sólo su apariencia es extraña, el color de su sangre es azul porque no contiene hemoglobina, que se vale del hierro para transportar oxígeno, sino hemocianina, que utiliza el cobre. Viven cerca de la costa y soportan bien la contaminación, así que yo me lo pensaría mucho antes de zamparme uno de esos. Sus huevas son muy apreciadas.
    Paloma se espanta cuando le digo que en Occidente compramos los peces muertos; lo normal en China es comprarlos vivos. A veces, también muertos, pero entonces el precio baja muchísimo. Las ranas son un animal muy común en los mercados; no son salvajes, se crían en granjas, al igual que los perros.
    —Pero... ¿es verdad que los perros forman parte de vuestra dieta?
Perros asados, preparados para llevar
    —Bueno... no es un plato frecuente. Yo sólo lo he probado una vez en mi vida y no estaba mal. No son perros normales... quiero decir... se crían en granjas especiales. En Yulin es muy popular comer perro, sobre todo, en verano. También en Guangdong y en Guangxi. Es una costumbre que tiene miles de años de antigüedad y no se ve tan mal. Hemos pasado muchas hambrunas... Ahora han salido muchos grupos activistas que quieren que el Gobierno prohiba su consumo.. y el de los gatos. Organizan muchas protestas y hasta han asaltado camiones y los han liberado. ¿Las serpientes? No, esas no son de granja, se capturan en el campo; tampoco es un plato habitual, son muy caras.
    A Paloma le parece más racional utilizar cuchillos y tenedores que los palillos chinos, de esta forma, las mujeres no tendrían que trocear tanto la comida y trabajarían menos en la cocina. Ella cree que con el aumento del nivel de vida, es posible que, poco a poco, se vaya dejando de lado los palillos, ya que una de las razones de su empleo es su bajo precio.
    Los chinos suelen cenar en torno a las seis y media, pero a veces, si después van de compras, pueden volver a comer a eso de las nueve.
Cuerdas sobre los árboles
    —¿Y esas cuerdan que rodean los árboles? No comprendo su finalidad.
    —Ah, eso.. son para aprovechar el agua, cuando llueve se empapan y después van soltando el agua poco a poco. Nunca se quitan, se rompen con el crecimiento del árbol y con la humedad.
   Es hora de tomar el tren para Shanghai. La estación está abarrotada de gente, algo digno de ver.
    En Shanghai nos recibe Wong, otro jefe que ha salido de la oficina para atender el exceso de demanda de turistas. De lejos parece un chaval con su flequillo de adolescente, aunque a corta distancia se notan sus, ¿quizá cuarenta y cinco años? Se advierte rápidamente que es miembro del Partido.
   Nos abruma con una retahíla de datos numéricos sobre la ciudad. Shanghai tiene diecisiete millones de habitantes sobre una superficie de 79 por 79 km. Tres millones son de población flotante. Está experimentando un crecimiento brutal, cercano al 16% anual desde hace diez años. Antiguos barrios enteros son sustituidos por modernos y espaciosos pisos con aire acondicionado. La media de superficie habitable es de 120 m². El ingreso anual por habitante es de unos 4.000 dólares en Shanghai, frente a los 900 dólares de media del país.
   Shanghai ha duplicado su población en cincuenta años, sin embargo, las migraciones en China no se producen libremente, antes de 1978, el Estado controlaba la inmigración a través de la tarjeta hukou de residente: era obligatorio permanecer en su lugar de nacimiento. Sólo se podía emigrar con permiso oficial. Emigrar era casi imposible ya que sólo se obtenían los cupones de arroz, carne y tela de algodón con la tarjeta hukou.
    Con el auge económico, las regiones costeras necesitaban mano de obra y las autoridades chinas alentaron la migración, pero controlada, los emigrantes debían obtener de sus autoridades locales permiso para ir a trabajar fuera de su lugar de origen. Esos permisos sólo se conceden si los solicitantes pueden justificar un alojamiento en la ciudad y un empleo. Además, deben obtener un permiso de trabajo, renovable todos los años por el equivalente a ocho euros. A diferencia de los obreros y de los empleados de oficina, los comerciantes ambulantes y los vendedores al por menor han de solicitar una licencia comercial. Sólo una vez franqueadas todas estas barreras burocráticas se les autoriza oficialmente a permanecer en la ciudad.
   Sin embargo, esta es la teoría, la práctica es que uno de cada cuatro inmigrantes en Shanghai no señala su presencia a las autoridades. La economía china se ha privatizado hasta tal punto que los individuos necesitan menos del Estado. Los productos básicos son abundantes y los cupones de alimentación ya carece de sentido para muchos, lo que reduce la dependencia de la gente frente al Estado. Y los inmigrantes son demasiado numerosos para que la policía pueda controlar a todos.
Calles de Shanghai
    Mientras nos cuenta esto, la buseta nos conduce por la autopista entre altos edificios de viviendas y oficinas realmente modernos. Esto tiene pinta de capitalismo salvaje y crecimiento brutal y desordenado.
    Shanghai sueña con otro gran evento internacional: la exposición universal del 2010.
    Wong parece que hubiera conseguido su puesto por oposición y se supiera el temario de memoria. Como siempre, no se olvida de Taiwán, pertenece a China y no dejarán que se independice jamás.
    Insiste en programarnos la tarde a su manera. Quiere que pasemos una tarde romántica en no sé qué sitio lleno de discotecas y mucha marcha. También nos va a llevar a uno de los mejores restaurantes de Shanghai, donde hace poco cenó el presidente de Francia. Además, ¡aquí trabaja uno de los mejores camareros del mundo! ... ¿Eh? Querrá decir cocinero, digo yo.
   Como los chinos cenan pronto, nos damos prisa en dejar las maletas en el hotel Hua Ting y enseguida bajamos para que Wong nos conduzca hasta el citado restaurante. Es enorme y está abarrotado; hombro con hombro. Aunque no entendemos palabra de chino, por los gestos yo juraría que el encargado le está diciendo a Wong que no tenemos reserva y que no es posible darnos de cenar. Después de una pequeña discusión entre ellos, Wong nos dice que esperemos, que sí, que nos dan de cenar. Tras diez minutos de espera, entretenidos mirando las clásicas fotografías de personajes famosos que cuelgan de las paredes, nos invitan a pasar. El 90 % de los clientes son nacionales. Observo que las camareras tienen cara de explotadas: expresión seria y cansada y desdén en la mirada.
   Wong insiste en que él escogerá por nosotros, cree conocer nuestros gustos. Malo. Pone tanta vehemencia en complacernos que le dejamos hacer, temiendo lo peor, claro. Sospechamos que la mayor parte de los platos son algo picantes y está escogiendo exclusivamente los que no lo son. La carta trae algunas fotografías de los platos. Antes de que Wong me quite la carta de la mano, me fijo en uno de los platos: sopa de aleta de tiburón con carne de marisco. Yo quiero de eso. Wong cree que es demasiado caro y que se puede comer bien y barato con otras delicias. Insisto: quiero sopa de aleta de tiburón. Efectivamente, lo que nos temíamos sucede. Wong ha pedido platos insulsos y poco arriesgados. Los chinos no utilizan la sal y si los platos no van aderezados con sus salsas resultan poco sabrosos. Total, que si exceptuamos mi capricho, que resulta francamente bueno, lo demás no pasa de la calificación de aprobado. La cocina china es, sin duda, una de las mejores del mundo, pero lleva su tiempo conocerla, como todo.
Calle Nanjing en Shanghai
    Con la barriga bien llena tomamos un taxi hacia la zona peatonal de la famosa calle Nanjing, de la que tanto nos ha hablado Wong. Ciertamente, la primera toma de contacto con Nanjing impresiona. Las luces de neón se amontonan en las fachadas de los edificios luchando por llamar la atención de los transeúntes. La vitalidad de esta ciudad alucina, son las diez y todo está abierto, por la calle la gente se hace fotos con el enjambre de luces de neón de fondo y monta en los trenecitos eléctricos que recorren la zona.
   Hay multitud de tiendas de comestibles. Me asombra el gran espacio que ocupan las tiendas con chucherías: bombones, caramelos, gominolas, frutos secos, encurtidos, escarchados y mil preparaciones de frutas convertidas en golosinas. También hay una sección de, digamos, carnicería, donde se puede comprar hasta jamón curado, de aspecto exterior muy similar al español.
    Por lo que vemos, el ritmo de construcción es frenético, las excavadoras siguen trabajando durante toda la noche. Se dice que una de cada cuatro grúas de construcción de viviendas que existen en el mundo está trabajando en Shanghai.
    Intentamos llegar hasta el Bund, el paseo del puerto, pero cuando la Nanjing deja de ser peatonal, las aceras se colapsan de gente y se hace difícil andar con comodidad. Notamos el cansancio en las piernas y decidimos volver al hotel en taxi.
    Llegamos al hotel con el tiempo suficiente para probar las magníficas instalaciones deportivas de la tercera planta. La piscina y el yacusi bien merecen una visita. El Hua Ting es un hotel muy recomendable.

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