Los viajes de Mariano

República Federal del Brasil 1999

11 de julio, Salvador de Bahía17 de julio, Río de Janeiro
12 de julio, Salvador de Bahía 18 de julio, Río de Janeiro
13 de julio, Salvador de Bahía 19 de agosto, Cataratas de Iguazu
14 de julio, Salvador de Bahía, Itaparica 20 de agosto, Cataratas de Iguazu
15 de julio, Río de Janeiro 21 de agosto, Sao Paulo
16 de julio, Río de Janeiro 22 de agosto, Mallorca

18 de julio, domingo.

   Después de desayunar y ponerme morado de mamao, nos acercamos a la favela Morro dos Cabritos, la más cercana a nuestro hotel. Por supuesto, no nos adentramos por los estrechos callejones, no parece aconsejable andar por el corazón de las favelas con nuestra pinta de guiris. Paseamos por las calles más anchas que aparentan ofrecer mayor seguridad.
    Las condiciones de vida en las favelas han mejorado mucho en los últimos treinta años: han cambiado los listones de madera y el techo de chapa ondulada por el ladrillo, tienen fontanería y electricidad y casi todas disfrutan de la antena parabólica. Aunque el transporte y la educación han mejorado, vivir en una favela es todavía un estigma social, está mal visto y la gente procura ocultarlo. Además, las favelas son sinónimo de tráfico de drogas e inseguridad. La gente procura mudarse a mejores barrios en cuanto tiene la oportunidad. En cuanto a la sanidad, aún hay mucho por hacer: las negras aguas fecales discurren ladera abajo y hay bolsas de basura acumuladas en la calle como de hace dos semanas. Al menos, últimamente, las autoridades ayudan, y los 2.5 millones que habitan las favelas de Río cuentan con numerosos programas de asistencia.
Pintura en el mercado jipi de Ipanema
Seguimos andando hasta el mercado de la plaza General Osorio, más conocido como el mercado jipi de Ipanema. Aquí compro un cuadro al oleo que me gusta y me hago una foto con la pintora.
   Comemos en un restaurante de a quilo muy concurrido y molón y ponemos rumbo al lago Rodrigo de Freitas. Esta zona es de gente pudiente, se ve que tiene nivel. Este barrio de clase alta tampoco se libra de las verjas y barrotes en las ventanas y en los portales.
   La vista desde el lago es magnífica: las luces de los edificios del otro lado, las redondeadas montañas, el brillo de las luces en el agua, esta magnífica temperatura... Nos sentamos en un banco del paseo y admiramos el paisaje que tenemos ante nosotros.
   Paseamos por la calle en memoria de Vinicius de Moraes, gran poeta, diplomático e iniciador del movimiento de la bossa nova, corría 1958. Vinicius compuso junto con Antonio Carlos Jobim, Baden Powell, Carlos Lyra, Ari Barroso, Edu Lobo, Dorival Caymmi, Francis Hime y Toquinho algunas de las canciones más bellas de la bossa nova, incluida la archiconocida Garota de Ipanema. Por cierto, aún tuvo tiempo para casarse ocho veces.
   Estamos cansados de andar y al pasar por delante de una Iglesia entramos a descansar. Están ensayando con guitarras y percusión. Nos sentamos. En los pasillos laterales hay cola para confesarse. Poco a poco se va llenando hasta que la gente abarrota la iglesia. Qué diferencia con las iglesias españolas, donde la media de edad del público ronda los setenta años, aquí aún acude mucha gente joven a la llamada de la religión. Hay que reconocer que estas misas son más entretenidas que en España: reparten octavillas con las letras de las canciones y el personal participa mucho, cantan, alzan los brazos y los mueven a los lados, el sacerdote oficiante se acerca a las primeras filas y orienta el micro a los feligreses, anima al público a cantar como si de James Brown se tratase. Viva la juerga.
   A los mosquitos les han debido gustar mis piernas, porque me han puesto fino.
   Seguimos andando hasta la playa de Copacabana, no sin antes parar en una suquería y devorar mi suco diario, esta vez de morango. ¡Ah, cómo los voy a extrañar en España!
   Cenamos un cabrito asado y caemos rendidos en la cama.

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