Brasil 1999 | ||||||||||||||||||||
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Brasil es destino fácil, sin embargo, cada vez somos más comodones, así
que escogemos un viaje organizado para visitar este inmenso
país.
Cientos de personas contemplamos el espectáculo, codo con codo, y nos sorprende también, la importante presencia policial. Los polis se sitúan entre la gente, subidos sobre unos bancos de madera para vigilar mejor, en grupos de cuatro o cinco, muy atentos a todo lo que ocurre a su alrededor. Tienen cara de pocos amigos, su aspecto es realmente fiero. Desde un balcón de la plaza, un oficial de la policía dirige las operaciones. Cada poco tiempo detienen a algún chaval y se lo llevan a un portal sin que nadie se inmute, como si fuera algo habitual. La mayor parte del público es gente muy joven que observa atentamente el espectáculo de Olodum. Preguntamos a una adolescente sobre el motivo de la presencia policial y nos responde que están ahí para evitar la confuçao . Me imagino que quizá detengan a pequeños rateros que ya conocen como medida de precaución. La tamborrada de Olodum es entretenida al principio, pero pasados veinte minutos me resulta repetitiva así que seguimos vagando entre las animadas callejuelas empedradas llenas de juventud. 12 de julio, segunda feria. El tiempo anda revuelto, es época de lluvias y en el cielo las nubes
amenazan con descargar.
"Un viejo calzón de baño, un día para vaguear, un mar que no tiene tamaño, un arco iris en el aire. Después de plaza Caymmi, sentir pereza en el cuerpo, y sobre una estera de mimbre beber un agua de coco Pasar una tarde en Itapua al sol que arde en Itapua oyendo el mar en Itapua hablar de amor en Itapua..."
La realidad resulta decepcionante porque pequeñas escorrentías de aguas negras cruzan su arena. Paseamos un poco
por la playa, donde apenas veinte personas toman el sol, no olvides que es invierno y hace frío para los bahianos
aunque a nosotros la temperatura nos resulta de lo más agradable. Abandonamos la playa antes de que empiece el aguacero. En un puesto callejero, una robusta señora vende carajé picante con quisquillas que no sienta mal como aperitivo. Recorremos un mercado callejero de poco interés y volvemos al hotel en un taxi justo a tiempo para comenzar el recorrido guiado por el Pelourinho, ya se sabe: Iglesias barrocas, vírgenes y santos a porrillo. 13 de julio, tercera feria. Esta mañana la temperatura es muy agradable, así que decidimos caminar los 8 km que separan nuestro hotel del Pelourinho. A la altura del Campo Grande caen unas gotas.
Según nos acercamos al Pelourinho, el tráfico y el número de comercios aumenta. También nos sorprende la cantidad de publicaciones que existen en Brasil, los kioscos están empapelados. Los centros comerciales abundan; en uno de ellos, compramos algunos cedés de música del país y decidimos comer algo en un moderno establecimiento de comida al quilo y cada tienda está especializada en un tipo de cocina; todo tiene buen aspecto, sobre todo los postres. Nos decidimos por la comida thai para recordar los sabores de Tailandia. Un policía nos para cuando caminamos hacia el mercado Modelo por la carretera, según él, ese camino es peligroso y amablemente nos aconseja tomar el ascensor Lacerda, dice que es más seguro. Desde la balaustrada observo la carretera; ahí andan los típicos chavales que se ganan unos reales cuidando los coches y poco más. El recorrido no parece tan peligroso, pero, por si acaso, hacemos caso al poli, que es lugareño y sabe lo que se cuece. En el Mercado Modelo nos encontramos con más artesanía dirigida a los turistas. Resulta entretenido. Cenamos unas pequeñas langostas en Casa Gamboa, están a buen precio y hay que aprovechar. Después, en el escenario del Largo del Pelourinho, un grupo de chicas se prepara para actuar. La media de edad es de veintipocos años, lucen tops brillantes y van muy maquilladas.
Aunque el espectáculo se demora por la lluvia, la espera vale la pena, saben lo que se hacen. Están a muy poco de dar un espectáculo realmente entretenido, quizá deberían marcar más el ritmo con el bajo y la guitarra eléctrica para sonar algo más pop y menos africano. La omnipresencia de los tambores en todas las canciones la encuentro excesiva, resta variedad al concierto. De todas formas, el show es vistoso y sudan la camiseta. Aguantamos hasta el final. La policía parece querer quitar protagonismo a los músicos. De vez en cuando se pasean por las primeras filas haciéndose notar. 14 de julio, cuarta feria
Nos levantamos temprano para visitar Itaparica, una isla de la bahía de Todos los Santos, a 16 Km. de Salvador de Bahía.
Zarpamos con una hora de retraso. El tiempo anda loco, tan pronto llueve como luce el sol. Durante la travesía, el animador del grupo
canta unas canciones mientras aporrea unos tambores que hace sonar realmente bien.
En la taberna de la playa tomamos unas pequeñas langostas. Encima de tardar una eternidad en llegar a nuestra mesa, algunas de ellas saben ligeramente a amoniaco. A la vuelta, el tiempo empeora. Esta excursión me parece totalmente prescindible porque se pasa más tiempo en el barco que en la isla y al final, se trata simplemente de bañarse en una playa y poco más. Cuando regresamos a Salvador de Bahía es noche cerrada y llueve a cántaros. Un frescão nos conduce al hotel. A las once damos una vuelta por los alrededores para cenar algo. Sigue lloviendo de manera intermitente. Unas pizzas nos sirven de cena. 15 de julio, quinta feria
A las 5:30 ya estamos de pie y a las 6:15 nos plantamos en la puerta
del hotel, el ómnibus llega puntual y nos traslada al aeropuerto. Durante
el trayecto observamos la vegetación a ambos lados de la carretera, ¡qué
densidad de masa vegetal! Las epifitas crecen sobre las ramas de los
árboles y caen al suelo formando una auténtica cortina vegetal.
Después de cenar visitamos el mercado de artesanía que tenemos enfrente del hotel. Hay mucha concentración de motoristas, no sabemos porqué. En una pequeña plaza nos encontramos con un espectáculo improvisado del deporte nacional: capoeira. Parecen alumnos que aplican las lecciones aprendidas en plena calle. Tres de ellos cantan y tocan el berimbau y los demás completan el círculo, alternándose los bailarines-luchadores en el centro. La capoeira es una danza que proviene de antiguos esclavos negros que escaparon (cimarrones) y vivían en comunidades alejados de sus opresores, el baile data del siglo XVII. 16 de julio, sexta feria. Caminamos por el paseo de la playa hasta Leblón. Cuando se pasea por
las calles comerciales de Ipanema y Leblón te olvidas de que estamos a
escaso metros de la miseria de las favelas. Hasta el color de las aceras es rojizo,
distinto al resto de la ciudad.
Abundan los adolescentes de cuerpos cuidados, la mayoría hombres. Curiosamente, más que tumbarse al sol, prefieren permanecer de pie formando grupos, charlando. Los famosos y diminutos bikinis de Brasil son prenda habitual no solo entre las chicas jóvenes sino en mujeres de cualquer edad, sobre todo los tangas, que lo lucen hasta las abuelitas. Mi mujer se anima a probarse un bañador en una tienda y sale sin comprar, dice que se siente como desnuda y no quiere ser el foco de todas las miradas cuando pasee por la playa de Sopelana. Charlamos con un socorrista que nos comenta las dificultades de la vida en Brasil; dice que muchas medicinas son fraudulentas y, a veces, ni los médicos lo son realmente. Cenamos un bufé decente en el hotel Río Othon Palace de Copacabana, amenizado por un cuarteto de música clásica. Por la noche, las chicas (o lo que fuera) de la calle esperan a sus clientes en la avenida Atlántica a escasos metros de las patrullas de la policía. 17 de julio, sábado. Río es un paraíso para los amantes de la música brasileña; se encuentran tiendas bien surtidas y precios muy razonables.
Compro algunos cedés de Elis Regina, Jobim, Marisa Monte, Simone, Maria Bethânia, Milton Nascimento, Gal Costa,
Caetano Veloso, María Creuza, Baden Powel, Carlos Lyra, Chico Buarque, Rita Lee, Zeca Baleiro, Nara Leao, etc.
Al anochecer, tomamos otro ómnibus y en un decir Jesús nos plantamos en el centro comercial Río Sul de Botafogo. En Rio las distancias son grandes pero la velocidad suicida a la que circulan los ómnibuses las hace cortas. Además de superar el endemoniado torniquete situado frente al cobrador, existe otro problema: mantener la verticalidad en el instante de pagar. Es un momento delicado: con una mano hay que sostener el monedero y con la otra extraer el dinero, por tanto, hay que buscar el equilibrio abriendo las piernas y apoyando el trasero en algún lugar, aún así se corre el riesgo de golpearse la cabeza contra cualquiera de las columnillas que abundan en el ómnibus. Pero una vez llegado al asiento el peligro ha pasado. Entonces sólo queda disfrutar de la pericia de los conductores, particularmente al tomar las curvas. Ahora me explico la razón por la que Brasil da tan buenos conductores de Fórmula Uno: antes han sido todos motoristas en Río. Superdivertido, toda una experiencia. El centro comercial Río Sul está atestado de gente, casi hay que caminar en fila india. Es uno de los más grandes que haya visto. Nos resulta agobiante. Todo está a tope, es complicado encontrar una mesa libre para beber algo tranquilamente. En información preguntamos por el número del ómnibus que nos lleva de nuevo a la Plaza Tiradentes donde se celebra un concierto de Djavan, que grabará la actuación para su próximo doble en directo. Tomar un ómnibus es una actividad que te mantiene con la mente despierta: hay que estar con la mirada bien atenta en cada ómnibus que aparece casi derrapando por la curva. El número sólo se divisa cuando lo tenemos a 100 m. Si es el nuestro, levantamos rápidamente el brazo para que pare. Hay paradas señalizadas, pero la cantidad de ómnibuses es tal que paran donde encuentran un hueco, y esto puede ser 50 m por delante o por detrás del punto teórico. Y como la gente apenas tarda seis segundos en bajarse y subirse del bus hay que correr para que no se vaya sin ti. Por no andar listos, perdemos el primero. Tras una tensa espera de diez minutos tenemos de nuevo nuestro número enfilado, esta vez, andamos más listos y lo pillamos. La Plaza Tiradentes está en el centro, zona nada recomendable de día y mucho menos de noche. La última parada del ómnibus queda a 100 m. de la plaza, sólo hay que cruzar la avenida y atravesar dos calles, sin embargo, la cobradora del autobús, velando por nuestra seguridad, se baja, nos conduce hasta otro ómnibus y nos mete por la puerta del conductor, como si fuéramos niños de pecho. Este ómnibus nos deja en la parada de la misma plaza, a 10 m del teatro. Hay mucha gente y varias filas para entrar. La taquilla está cerrada y con el letrero "Completo", como era de esperar. Por la cantidad de personal que no está en las filas para entrar y las caras largas que veo, deduzco que demasiada gente se ha quedado sin entrada y ha tenido la misma idea que nosotros. Esperaba encontrar al típico padre de familia que vende la entrada porque su hijo adolescente se ha puesto malo o algo parecido, pero no tenemos esa suerte. Por lo que comenta el personal, en este concierto, que va a ser grabado para el próximo doble álbum ao vivo de Djavan, han funcionado mucho las invitaciones. La espera no sirve de mucho, nadie suelta una entrada. Salimos pitando para Copacabana, al mercado jipi nocturno y a tomar un refrescante coco natural en las terrazas del paseo de la avenida Atlántica. 18 de julio, domingo.
Después de desayunar y ponerme morado de mamao, nos acercamos a la
favela Morro dos Cabritos, la más cercana a nuestro hotel. Por supuesto, no nos adentramos por los
estrechos callejones, no parece aconsejable andar por el corazón de las favelas con nuestra
pinta de guiris. Paseamos por las calles más anchas que aparentan ofrecer mayor seguridad.
Comemos en un restaurante de a quilo muy concurrido y molón y ponemos rumbo al lago Rodrigo de Freitas. Esta zona es de gente pudiente, se ve que tiene nivel. Este barrio de clase alta tampoco se libra de las verjas y barrotes en las ventanas y en los portales. La vista desde el lago es magnífica: las luces de los edificios del otro lado, las redondeadas montañas, el brillo de las luces en el agua, esta magnífica temperatura... Nos sentamos en un banco del paseo y admiramos el paisaje que tenemos ante nosotros. Paseamos por la calle en memoria de Vinicius de Moraes, gran poeta, diplomático e iniciador del movimiento de la bossa nova, corría 1958. Vinicius compuso junto con Antonio Carlos Jobim, Baden Powell, Carlos Lyra, Ari Barroso, Edu Lobo, Dorival Caymmi, Francis Hime y Toquinho algunas de las canciones más bellas de la bossa nova, incluida la archiconocida Garota de Ipanema. Por cierto, aún tuvo tiempo para casarse ocho veces. Estamos cansados de andar y al pasar por delante de una Iglesia entramos a descansar. Están ensayando con guitarras y percusión. Nos sentamos. En los pasillos laterales hay cola para confesarse. Poco a poco se va llenando hasta que la gente abarrota la iglesia. Qué diferencia con las iglesias españolas, donde la media de edad del público ronda los setenta años, aquí aún acude mucha gente joven a la llamada de la religión. Hay que reconocer que estas misas son más entretenidas que en España: reparten octavillas con las letras de las canciones y el personal participa mucho, cantan, alzan los brazos y los mueven a los lados, el sacerdote oficiante se acerca a las primeras filas y orienta el micro a los feligreses, anima al público a cantar como si de James Brown se tratase. Viva la juerga. A los mosquitos les han debido gustar mis piernas, porque me han puesto fino. Seguimos andando hasta la playa de Copacabana, no sin antes parar en una suquería y devorar mi suco diario, esta vez de morango. ¡Ah, cómo los voy a extrañar en España! Cenamos un cabrito asado y caemos rendidos en la cama. 19 de julio, segunda feria.
Volamos a Fozz de Iguazu. Nos trasladan en una buseta. En el
trayecto al aeropuerto charlamos con Blanca y Pilar. Visitaron el Pan de
Azúcar y el Corcovado en el ómnibus del tour, como reinonas. También se
apuntaron a un espectáculo de folclore brasileño, no parecen muy satisfechas, el teatro
estaba en plena remodelación.
Al atardecer visitamos el lado brasileño de la catarata, muy cerca de nuestro hotel. La humedad lo impregna todo. 20 de julio, tercera feria
Día de visita del lado argentino de las cataratas. Nos acompañan Blanca, Pilar y una pareja muy
joven: él es mejicano y ella gallega, andarán por los veintipocos y a lo
largo del día se cambiarán tres veces de ropa. Ya ves, unos tanto y otros
tan poco. Mi tendencia a empacar poca ropa en los viajes hace que no
disponga ni de un solo pantalón largo. Hace algo de frío y yo ando en
pantalones cortos y camiseta. Los argentinos vienen de su invierno y por
tanto bien abrigados, miran alucinados mis pies casi desnudos. 21 de julio, cuarta feria El avión que nos lleva de vuelta hacia España hace una escala en Sao Paulo de casi cinco horas,
Sao Paulo tiene dieciséis millones de habitantes, que se dice pronto. La cantidad de gente que recorre sus calles es impresionante, una vorágine. Un taxi nos deja en el centro. Comemos algo en el café Gerondín, moderno y lleno de ambiente. Por segunda vez me encuentro en un baño de Brasil una cajita de papeles higiénicos pegada a la pared, entre los urinarios, supongo que su finalidad es secarse la molesta gotita que siempre queda sobre el glande después de orinar. Se agradece el detalle. A las nueve regresamos en un taxi al aeropuerto. 22 de julio, jueves
Empalmamos Brasil con una semana en la isla de Mallorca. Después de una escala en Madrid, aterrizamos en la Isla
de la Calma antes del anochecer. Una buseta nos recoge en el aeropuerto y nos conduce hasta nuestro alojamiento en Can
Picafort, en la bahía de Alcudia. El estudio es minúsculo, con espacio justo para la cama. Lo mejor: la terraza, la vista sobre
la playa y ese maravilloso mar Mediterráneo. |