Otros viajes

Bali 2000

16 de abril, Nusa Dua23 de abril, Lovina
17 de abril, Denpasar 24 de abril, Gitgit, Ulur Danu
18 de abril, Nusa Dua 25 de abril, Jatiluwih
19 de abril, Celuk, Ubud 26 de abril, Bangli, Besakih, Candi Dasa
20 de abril, Ubud 27 de abril, Tenganan, Tirta Gangga
21 de abril, Giansang 28 de abril, Nusa Dua
22 de abril, Trunyan, Kintamani, Lovina29 de abril, Kuta

17 de abril, lunes

    Tomamos un taxi para visitar Denpasar, la capital. El andoba no pone el taxímetro aunque se lo exijo, así que abandonamos el taxi. Nos sigue con el coche y hace señas de que ya funciona. El tráfico hasta Denpasar es terrible, tan ruidoso, irrespirable y caótico que tardamos más de una hora en recorrer treinta kilómetros. Me sorprende lo poco que avanza el taxímetro. Cuando llegamos al Museo de Denpasar, en la plaza Puputan, marca solo 7000 rupias (0,78 €). Está claro que el taxímetro no funciona bien; al final nos pide 25000 rupias (2,80 €), una ganga. Salgo del coche como mareado, con el olor de los humos de escape pegado al cuerpo.
    Pasan los escolares, todos vestidos con camisa blanca y corbata y, por alguna razón, les llamamos la atención y nos saludan desde la distancia, de cerca no se atreven.
Puestos de frutos secos del mercado de Kumbasari
    En el mercado de Kumbasari se nos pega una sonriente señorita que amablemente nos sirve de guía sin que hayamos solicitado sus sevicios. En los puestos de especias piden cantidades que nos parecen desorbitadas. Se ríen ante nuestras ofertas, mucho más bajas que sus precios. Como no somos expertos en especias resulta difícil saber si los precios son justos o no. Ante la duda, abstención.
    En general, las mercancías están bien presentadas, aunque en el piso inferior, la carne y el pescado echan en falta las cámaras frigoríficas y huele a cadáver que apesta. El calor y la humedad no son buenos aliados de la conservación de los alimentos.
    Ya en la calle, entramos en una tienda de cedés para escuchar algo de música autóctona. Se agradece enormemente los ventiladores y los vasos de agua encapsulada con que nos obsequian. A pesar de mi buena voluntad de comprar algo, me tengo que marchar de vacío; las canciones son muy comerciales, demasiado edulcoradas y simplonas. Lo que voy buscando es la música más característica de Bali: el complejo gamelán, la música de los dioses. Es música tocada por orquestas de percusión compuestas por gongs, metalófonos, platillos, tambores y alguna flauta. El gamelán suele acompañar todos los acontecimientos religiosos y teatrales y suena realmente dura para el oído occidental, da la impresión de no llevar ninguna dirección, de total improvisación. Habrá que buscarla en tiendas para turistas.
    Una señora que aparentemente trabaja en la tienda de música nos sigue allá donde vamos. Estamos acostumbrados a estas muestras de amabilidad de los lugareños y aprovechamos para que nos indique dónde se encuentra el banco más cercano. Nos acompaña hasta la mismísima ventanilla. La cantidad de rupias que nos devuelven por unos pocos dólares es inaudita, nuestras riñoneras son incapaces de tragarse todo el fajo de billetes y guardamos parte en la mochila.
    De vuelta al hotel, salimos a cenar a un chiringuito del mercadillo, cerca de nuestro hotel. Por los travesaños que sujetan el techo de paja desfilan ratas grandes como hacía tiempo que no veía y, ya sabes lo que se dice: cuando las ratas se dejan ver es que su número ha alcanzado la categoría de plaga. No quiero imaginarme cómo estarán de roídos los cables de los motores de los coches. No nos dejamos asustar por los animalitos y encargamos unas langostas para mañana.
    Después de cenar, paseamos por un pequeño centro comercial al aire libre llamado La Galería. Poquísima gente, quizá porque ya es tarde o por ser domingo, no sé.

Copyright © 2000 - MRB

La propiedad intelectual de los textos me pertenece, por lo que está prohibida su reproducción total o parcial sin mi expresa autorización.