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República de Austria 2019

14 de julio, Viena 25 de julio, Graz, Viena, Bratislava
15 de julio, Viena 26 de julio, Bratislava
16 de julio, Viena, Salzburgo 27 de julio, Bratislava
17 de julio, Salzburgo 28 de julio, Budapest
18 de julio, Salzburgo 29 de julio, Budapest
19 de julio, Innsbruck 30 de julio, Budapest
20 de julio, Innsbruck 31 de julio, Budapest
21 de julio, Mondsee, St. Wolfgang 1 de agosto, Budapest, Viena
22 de julio, Bach Ischl, Hallstatt 2 de agosto, Viena
23 de julio, Eisriesenwelt, Dachstein Krippenstein 3 de agosto, Viena
24 de julio, Graz Datos económicos

3 de agosto, sábado

   Esta mañana vamos a visitar el Museo de Historia del Arte de Viena, que no es cualquier cosa. Desde su origen se diseño como museo abierto al público [1] para albergar las colecciones de obras de arte que los Habsburgo venían coleccionando desde hacía casi setecientos años. Fue el emperador Francisco José I quien tuvo la iniciativa de construir dos museos, iguales y uno enfrente del otro: el museo de Historia Natural y el de Historia del Arte, ambos en la plaza de María Teresa. A los arquitectos se les permitió emplear los materiales más caros y contratar a los mejores artistas de la monarquía austro-húngara. Las obras duraron veinte años y ambos museos abrieron al público en 1889. Entramos.

Sala del museo de historia del arte de Viena

   La sala de entrada, las escaleras, el suelo, todo tiene una terminación exquisita. Fíjate en las columnas de mármol, ¡son de una sola pieza! Las audioguías en alemán e inglés cuentan con más de ochocientas entradas, las de español solo ciento ochenta, más que suficiente para una visita de un día.
   Empezamos por el primer piso, historia egipcia. Aquí encontramos parte de las paredes de una cámara de culto de un alto funcionario llamado Kaninisut, descubierta en el cementerio de Giza por arqueólogos austriacos en 1913, formaba parte de una mastaba, es decir, una tumba egipcia similar a una pirámide truncada de poca altura, frecuente en el Periodo Arcaico (3150 a 2700 AEC) y en el Antiguo Imperio (2700 a 2200 AEC).

Gran sala egipcia del Museo de Historia del Arte de Viena

   La primera gran sala de la colección egipcia-oriental se dedica al culto a los muertos: sarcófagos, máscaras de momias y diferentes tipos de vasos canopos, pequeñas vasijas con cabezas de animales donde se metían las vísceras de los cadáveres durante el proceso de embalsamamiento. Se empleaban cuatro recipientes: para el hígado, los pulmones, el estómago y los intestinos. Cada víscera contaba con su propio dios protector, todos hijos del dios Horus: Kebehsenuf, Imset, Duamutef y Hapi. La decoración de las paredes también es extraordinaria, son copias hechas a partir de auténticas pinturas funerarias de tumbas reales del Imperio Medio, El labrado de las dos columnas de la sala tienen casi cuatro mil años de antigüedad y han sido talladas de una sola piedra; fueron un regalo para el emperador Francisco José I y se transportaron en barco y en tren desde Alejandría.
    Todas las secciones del museo guardan artefactos fantásticos, encargados por reyes y emperadores, realizados por los mejores artesanos de cada época y sorprendentes aún para una mentalidad contemporánea. Me ha impactado la sala XX, con tallas en marfil y cristal de un detalle extraordinario. En la propia web del museo se pueden ver fotos de casi todos los artículos expuestos, aunque sin explicaciones.

El salero de Benvenuto Chellini

   El museo no solo contiene objetos de arte, también rarezas geológicas y autómatas. La pieza más famosa de la sección de artes decorativas es el salero de oro, esmalte y ébano de Benvenuto Chellini, un virtuoso del manierismo italiano. Este salero es la única obra que se conserva de él. Simboliza la unión de tierra y mar; el mar, representado por Neptuno, la tierra, por la diosa romana Tellux. A la derecha de Neptuno, una embarcación sirve de recipiente para la sal que se extrae del mar. Junto a Tellux, un pequeño templo contiene pimienta, un fruto de la tierra. Chellini confeccionó el salero durante su estancia en París para el rey Francisco I de Francia. El rey Carlos IX de Francia se lo regaló al archiduque Fernando II de Habsburgo a través de cuya colección el salero llegó a este museo.

Salero de Benvenuto Chellini realizado entre 1540 y 1543

   Este salero, valorado en muchísimos millones de euros fue robado en mayo de 2003 y la historia es realmente rocambolesca. Atentos: resulta que un tal Robert M. experto en instalaciones de alarma, visitó el museo con un grupo de turistas italianos y se dio cuenta de que las ventanas no disponían de ningún tipo de alarma y además, como la fachada se estaba restaurando, había un andamio. Lo vio tan fácil que al cabo de varias semanas se presentó frente al museo a las dos de la mañana, subió el andamio y cuando estaba a punto de entrar... ¡ahí va, si me he dejado la "herramienta"! Regresó al coche, volvió con un cuchillo, rompió un cristal de una ventana, se fue derecho al salero de Chellini y con la ayuda del cuchillo se lo llevó. Lo inexplicable es que la alarma saltó, pero los guardias lo echaron a barato, resetearon el sistema y ni se molestaron en dar una ronda para comprobar si pasaba algo.
   Wilfried Seipel, el director del museo, tampoco era un tipo muy listo: un estafador de tres al cuarto le convenció de que sabía quién era el ladrón y le sacó siete mil euros tras un encuentro en Venecia. Las investigaciones sacaron a la luz que el tal Wilfried Seipel, mientras escamoteaba inversiones en la seguridad del museo, se gastó seis mil euros en dar una fiesta de cumpleaños en el propio museo, a cuenta del erario público, por supuesto.
   El caso es que el experto en alarmas guardó el salero debajo de su cama y cuando se dio cuenta de que la venta era casi imposible, compró un celular para llamar a la Policía y pidió un rescate de diez millones de euros, muy inferior a su valor de tasación, que él desconocía. La Policía identificó la tienda donde compró el teléfono y difundió su imagen filmada por los periódicos. Los amigos y familiares de Robert le reconocieron. Al final, el propio ladrón aficionado se presentó a la Policía alegando que estaba harto de que sus amigos no le dejasen en paz diciéndole que se parecía a aquel tipo del video una barbaridad. Robert cantó y el salero se recuperó tres años después del robo, enterrado en un bosque al norte de Viena.

Bezoares

   Y es que cualquier objeto del museo tiene una historia detrás tremenda, por ejemplo, veo esa piedra esférica engarzada en oro y me digo: ¿qué demonios será? A ver qué dice el cartelito: "Bezoar de los Austrias españoles, oro, esmeraldas y rubíes. Tercer trimestre del siglo XVI. El bezoar, un gastrolito (piedra del estómago) de cabras y llamas se ha utilizado como curativo
Bezoar de los Austrias españoles
contra el veneno, la epilepsia y la melancolía desde la antigüedad. A menudo se colocaba en cadenas doradas o en vasos, ya que se suponía que demostraría sus poderes curativos en las bebidas. Aquí, la base preciosa enfatiza la importancia de esta piedra, particularmente grande, tanto como objeto de medicina y obra de arte".
   Los incas ya usaban los bezoares, se molían y se mezclaban con plantas como remedio contra la depresión y hoy en día aún los siguen empleando en medicina en los Andes centrales. No son más que cálculos de fosfato cálcico y carbónico que se forman en el intestino de las llamas, vicuñas y muchos otros animales, Fueron muy apreciados por la realeza europea como antídoto contra venenos, intoxicaciones y antiácidos porque pensaban que el calcio actuaba como esponja y absorbía las sustancias tóxicas ingeridas y las neutralizaba. Es curioso que, en el otro lado del mundo, el médico Avicena, a fines del siglo X, también lo ensalzara por sus propiedades como antídoto. Sin embargo, otros buscaron evidencias de sus cualidades, como el cirujano Ambroise Paré, en el siglo XVI, probó su eficacia contra venenos con un cocinero condenado a muerte por robo y las consecuencias fueron fatales: murió envenenado. A pesar de las pruebas de su ineficacia se siguieron utilizando en la farmacopea hasta mediados del siglo XVIII. Dada la escasez del producto solamente se lo podían permitir los reyes y la aristocracia. A veces, se cotizaban a precios astronómicos, en Córdoba se llegó a pagar con un castillo por un bezoar.

   La sala X del primer piso es probablemente la más visitada, aquí se exhiben una docena de obras del pintor holandés Pieter Brueghel "el Viejo" (1525-1569), entre ellas, uno de los cuadros de la La torre de Babel o Lucha entre el carnaval y el ayuno, Danza campesina y Boda campesina. También se muestran pinturas de Rubens, Rembrandt, Rafael, Vermeer, Velázquez, Tiziano y Durero.
   Seis horas hemos pasado en el museo y no nos ha dado tiempo para admirar la colección de numismática. Nos hubiera gustado visitar también el Museo de Historia Natural, justo enfrente, o el Museo de Etnología de Viena, donde se expone el famoso penacho del emperador azteca Moctezuma.
   Con mucha pena nos tenemos que marchar, las vacaciones se han acabado. Mañana a las diez tomaremos el avión de vuelta hacia España, así que recogemos nuestras maletas de la recepción del hotel y después, el autobús 47-A y el Schnell-Bahn 7 nos traslada hasta el Moxy Viena Airport, muy cercano al aeropuerto. Desde la parada del aeropuerto hasta el hotel llegamos hasta el hotel por un pasadizo subterráneo.

Nota [1]: Aunque los museos existen desde varios siglos antes de nuestra era, los primeros que se abrieron al público fueron en Francia, durante la revolución (1789 -1799).

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